29/10/2026
«Un mundo destinado a desaparecer»
Tus ojos no lo ven y tu corazón agradece no poder sentirlo. Conocer la inmensidad del mundo que te rodea te dará el poder y la oportunidad de entenderlo, mas te sumirá en el caos de vivirlo sin freno. Mi empirismo me advierte de este peligro, pues nunca nada se sintió peor que carecer de emoción y trascender la incapacidad de sentir, siendo tal vez ese mi gran engaño llegado el punto límite.
¿Y si no poder ver es el verdadero privilegio y en no poder sentir radica la verdadera paz? ¿Y si estar muerto en vida es lo único que te evita morir sin remedio?
Al mundo no lo corroe la envidia, ni lo corroen los celos ni el poder. La lucha de clases queda reservada para quien de verdad está en desventaja y aun así tan solo es ejercida por quien sabe que existe otra clase más privilegiada. Al mundo no lo corroe la injusticia ni lo libera la igualdad.
Al mundo nada le sucede más que morir o matar. Nosotros sólo somos una suerte de supervivencia que observa su alrededor y descubre a su paso lo que ya está escrito en cielo, tierra y mar.
Prestar atención a lo tangible genera distancia ante lo que no es visible y esto nos une o nos separa, interactúa sin medida con nuestros niños, adultos y ancianos. Podemos hablar de ello porque podemos percibirlo con nuestros ojos, nuestros oídos o nuestras manos. Nuestros sentidos encuentran un lugar en nuestro cuerpo para que las realidades que nos rodean nos habiten y construyan nuestros deseos, ideales y esperanzas.
¿Y si la bendición fuera reinventar la fe y la igualdad no existiera ni aportara tranquilidad alguna? ¿Y si la naturaleza nos estuviera dando la respuesta a cada pregunta aun tratando nosotros de inventárnoslo todo?
Ni el pensamiento filosófico nace del privilegio, ni el avance digital se sostiene sin el sacrificio ni las bases de lo analógico. Ni la lucha por el cambio nace de la humildad, ni es ésta la que conseguirá un mundo más equilibrado.
Tenemos la suerte de ser privilegiados, guerreros de nuestros intereses y egoístas de manual. Fue la naturaleza y su misterioso parlamento quien nos engendró como seres sociales y es la naturaleza la que trata de enseñarnos a socializar. Somos incapaces de entender que no existe un reino ni un argumento justo, que la justicia –por ende y sin objeción– nunca existió. El equilibrio que mantiene vivo a los organismos que sobreviven este planeta se fundamenta en la convivencia de sistemas desequilibrados donde la ley de supervivencia prima por encima de cualquier otra realidad.
Mis privilegios, mis intereses, mi egoísmo por respirar. Nadie más que yo habita mis deseos, mis ideales y mi esperanza. Si hubiera dos seres vivos exactamente iguales, con los mismos privilegios e intereses, no existiría la diversidad y, por tanto, agruparnos en cualquier clase de asociación humana sólo la desvirtuará. Nunca se podrá abogar por un mundo igualitario y justo que también promueva el individualismo; jamás una afirmación así será lógica, mucho menos aplastante.
Para que exista individualidad debe existir diversidad y desigualdad, siendo la naturaleza quien nos propone a nosotros escoger –gracias a nuestra capacidad intelectual de desafiar sus leyes e ir contra natura– si queremos coexistir desde nuestra inherente individualidad o erradicarla aplicando patrones que sólo se han visto operar en sistemas inertes.
Somos humanos en proceso de abandonar nuestra naturaleza y a eso queremos llamarlo equilibrio y libertad, quedando condenados a extinción por nuestra incapacidad para entenderla. No obstante, nuestros avances técnicos nos mantendrán con vida unos milenios más, como una tostadora enchufada a una central.
No todas las decisiones son coherentes, igual que no todo en esta vida es arte.
Ni es Roma ingeniera de caminos, ni todo lo que pesa es lastre.
Si no existe la verdad absoluta, ¿qué clase de mundo la sigue buscando?